Sexo y erotismo
Relato

Dos mujeres y un adiós

Quería besarla, deseaba probar sus labios y saber qué se sentía.

Por Giselle Pons, especial para NOVA

En su mirada sentía que me deseaba y dentro mío también sentí lo mismo. Nunca antes la había mirado con otros ojos pero esa noche me contó sus fantasías y se asemejaban a las mías. El placer de probar lo prohibido me excitaba cada vez más.

Habíamos sido vecinas hacía más de seis meses pero nunca se me ocurrió que quería besarla. Deseaba probar sus labios y saber qué se sentía. Esa noche había venido a despedirse, ella se iba y ya no nos íbamos a volver a ver.

Pasaban las horas y charlábamos de la vida, los hombres, los sueños y del sexo. En un momento, la charla se puso cada vez más caliente y a la vez incomoda. Me confesó que siempre había querido hacer un trio con su novio y otra chica. Su confesión me dejo muda. Entonces, ella pasó al baño y vi que era mi oportunidad para apagar todas las luces y dejar solo una lámpara muy tenue para ambientar mi habitación.

Yo quería tenerla sola para mí, sin compartirla con nadie más. Mi problema era que nunca había estado con una mujer y no sabía cómo acercarme a ella.

Le pregunté si ella solo quería buscar una mujer para cumplir la fantasía con su novio o si aceptaba la idea de estar con una chica pero sin su pareja. Ella me respondió que era solo para cumplir su fantasía con su novio. Automáticamente me di por vencida y la despedí.

Sentía que se me había terminado la posibilidad de acercarme a ella. En ese instante, decidí mandarle un mensaje. “No te voy a mentir, en un momento quise probar que se sentía besarte pero me dio miedo encararte y quedar desubicada”, le escribí. Ella me respondió que tenía que estar segura si en verdad quería hacerlo.

Con su mensaje pensé que me estaba rechazando indirectamente. “No tengo suerte con las mujeres al parecer. Me estas rechazando indirectamente pero está bien”, le envié en el mensaje. Ella me respondió: “No podría rechazarte. La persona que te rechace sería muy idiota”.

“Vení”, le escribí descaradamente.

Pasó nuevamente a mi casa y nos sentamos en la punta de mi cama. La miré y la besé. En mi cabeza pasaban mil sentimientos extraños. Me gustaba, a la vez no sabía si sentirme mujer u hombre, estaba confundida pero no quería que parará de besarme.

Me desprendió mi camisa, empezó a besar mi pecho y me dijo que le gustaba mucho. Sus labios eran los más suaves que había sentido en toda mi vida, su piel era de seda y su cuerpo era muy sensual.

Nos besábamos y a la vez yo tocaba todo su cuerpo. Mis manos pasaban por sus pechos, luego por su cadera y desembocaban en su vagina para escuchar sus gemidos en mi oído.

Me sacó la camisa, mi pantalón y me tiró al medio de mi cama. Se subió encima de mí y me chupó mis pezones muy lentamente. Mirándome a los ojos me preguntó: “¿Qué pensás?”. En ese momento, sentí lo mismo que un hombre cuando yo le hacía la misma pregunta. Pensaba en tantas cosas que era imposible mencionar una sola, entonces le respondí: “Nada” y ahí me sentí más hombre aún.

Le pedí que se colocara al lado mío, le saqué la ropa y desnudas nos besábamos. Nuestros cuerpos estaban sudados. Ella metía sus dedos a través de mi cabello y lo jalaba muy despacio. Sentí que era mi momento para saber si podía masturbar a una mujer. La empecé a tocar y estaba muy húmeda, sus suspiros eran cada vez más fuertes, retorcía su espalda y apretaba sus labios.

Mis ojos no se desprendían de su cuerpo. Atentamente escuchaba que movimiento que hacía con mi mano la hacía respirar aún más fuerte. Aumenté la velocidad, ella cerró sus ojos y en un profundo gemido terminó.

Pensaba que todo terminaba ahí pero no. Me siguió besando y a diferencia de todos los hombres con los que había estado en mi vida, ella era muy dulce y tierna. Me daba mucho más placer sentir el cariño que me recibía que cualquier orgasmo.

Esa fue la última vez que la vi. Quién sabe si nos volveremos a cruzar.

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