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Lo pusieron en su lugar

Alguien se lo tenía que decir: el canciller de Venezuela mandó a Orsi a “ocuparse de los asuntos de Uruguay"

El presidente, Yamandú Orsi, y su costumbre de preocuparse más por los conflictos de otros países que del que gobierna. (Dibujo: ChatGPT-IA)

La tradicional política exterior uruguaya, fundada en el principio de no intervención, quedó sacudida esta semana por las controvertidas declaraciones del presidente Yamandú Orsi sobre la crisis venezolana y la captura del mandatario Nicolás Maduro.

La respuesta del gobierno venezolano, encabezada por el canciller Yván Gil, puso en evidencia una lectura más que crítica del enfoque diplomático uruguayo, al acusar a Orsi de injerencia y falta de autoridad moral para opinar sobre los asuntos internos de Caracas.

En rueda de prensa, Orsi afirmó que la caída de Maduro podría considerarse “una buena noticia” solo en la medida en que ello conduzca a la instalación de una democracia auténtica en Venezuela, advirtiendo que, si no se convocan comicios libres, el cambio sería “lo mismo, pero con otro color”.

Aunque la intención declarada fue enfatizar el compromiso con el respeto a los procesos democráticos, sus palabras no solo generaron malestar internacional sino también internas contradicciones.

La diplomacia venezolana no tardó en responder: Gil publicó un comunicado en el que sostiene que Orsi “carece de autoridad sobre la vida política de la República Bolivariana de Venezuela” y le recomendó enfocarse en los asuntos internos de Uruguay. Además, cuestionó que el presidente uruguayo omitiera mencionar el carácter violento de la operación que llevó a la captura de Maduro, describiéndola como un “secuestro” que habría costado vidas y violado la inmunidad del jefe de Estado.

Para analistas internacionales, este intercambio deja al desnudo una problemática central: la ambigüedad estratégica del gobierno uruguayo entre mantener una postura de no intervención —que ha sido pilar de la política exterior de Montevideo— y la presión por alinearse con discursos más críticos hacia regímenes autoritarios en América Latina. En vez de reforzar una política exterior coherente, Orsi pareció navegar entre matices difíciles de sostener públicamente, generando interpretaciones contradictorias dentro y fuera del país.

Dentro de Uruguay, la controversia también se traduce en fricciones políticas: sectores conservadores han aprovechado las declaraciones del presidente para cuestionar su capacidad de liderazgo en política exterior y su claridad a la hora de defender valores democráticos universales. Otros, en cambio, critican la respuesta de Caracas como una muestra más de la sistemática intolerancia de los gobiernos autoritarios frente a cualquier expresión de crítica internacional.

Lo que en principio podía haber sido un gesto diplomático limitado a un comentario de política internacional se transformó, en cuestión de horas, en un incidente que pone a prueba tanto la consistencia del discurso exterior uruguayo como la capacidad del Ejecutivo para manejar crisis comunicacionales con actores globales complejos.

En un mundo donde las fronteras de la política exterior se redefinen constantemente, la pregunta que hoy resuena en Montevideo es si la ambivalencia estratégica de Orsi fortalece o debilita la voz de Uruguay en el concierto internacional. El intercambio con Caracas sugiere que, al menos por ahora, lo que se percibe desde afuera es vacilación y falta de firmeza, mientras que el propio presidente se ve forzado a aclarar posiciones que, por definición, buscaban ser prudentes.

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