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Arte

Diego Cousillas: el pintor que convirtió la bohemia uruguaya en mural eterno

Uno de los pocos artistas visuales uruguayos que lograron convertir la cultura bohemia en marca registrada.
Cousillas es uno de los artistas uruguayos más exportados sin haber dejado de ser callejero.
Su obra no solo ilustra: emociona, provoca y recuerda.

Por Gabriel Pereira, especial para NOVA

Hay artistas que pintan cuadros. Y hay otros que pintan paredes, bares, calles y memorias. Diego Cousillas Delgado pertenece a esta segunda raza: la de los que convierten la vida en trazo.

Nacido en Montevideo en 1972 y formado en la Escuela del Museo Torres García, su obra lleva más de tres décadas haciendo visible lo invisible: la identidad barrial, el tango que se escurre por los adoquines, las noches de murga, el olor a tablado y vino tinto.

Cousillas no pinta para las élites. Su arte vive en el bar Fun-Fun, en los mercados, en las casas, en las capillas de Perú o los murales de España. Su estilo mezcla el candombe con el fileteado, el expresionismo con la nostalgia, en una paleta que no pide permiso. Porque si algo tiene Diego es que no pinta desde la técnica, sino desde la emoción popular, esa que no se aprende en los libros.

Aunque muchos lo identifican por sus murales, también produce cuadros únicos, cargados de simbolismo, personajes típicos y escenas urbanas. Obras que circulan en galerías, bares culturales y hogares del mundo. Y además, es docente de arte: comparte su experiencia en talleres donde forma a nuevas generaciones, transmitiendo no solo técnica, sino también pasión y compromiso por lo que se dice con cada pincel.

Con exposiciones en México, Argentina, Brasil, España y Perú, Cousillas es uno de los artistas uruguayos más exportados sin haber dejado de ser callejero. En Montevideo, su obra es parte del paisaje emocional. No hay quien entre a un boliche donde haya pintado él y no sienta ese guiño, esa calidez del trazo imperfecto que te dice “esto también sos vos”.

En 2011 ganó el premio internacional de pintura mural en la Fenavinho de Brasil, pero si le preguntás, seguro prefiere contarte la vez que pintó un Cristo afro en una capilla peruana o cuando reconstruyó el rostro de un desaparecido uruguayo para el proyecto “Encontrarte con ellos”. Porque para Diego, pintar también es hacer justicia.

Su obra homenaje a Fernando Luján en México es otro ejemplo de cómo puede traspasar culturas sin perder su acento. Diego no se camufla: lleva Montevideo encima como un tatuaje emocional. Y lo deja en cada pincelada.

A lo largo de su carrera, también apostó a hacer el arte accesible: cuadros portátiles, merchandising, murales didácticos, talleres para niños y adolescentes. Le escapa al mito del artista encerrado y se acerca al pintor de pueblo, ese que trabaja con las manos manchadas de color y la conciencia limpia.

Diego Cousillas es, quizás, uno de los pocos artistas visuales uruguayos que lograron convertir la cultura bohemia en marca registrada, sin caer en lo kitsch ni en la pose. Su obra no solo ilustra: emociona, provoca y recuerda. Y en un país que a veces olvida a los que lo pintan de cuerpo entero, su nombre merece estar colgado en más paredes. Y no solo en forma de arte.

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