Opinión
Especial para NOVA

La fiesta innombrable de las pompas de jabón en Cuba

Alejandro Langape reflexiona sobre el año nuevo en Cuba.
En un rincón de Cuba, al centro de la isla, la llegada de un año más se vive con connotaciones diferentes.
Las Parrandas de Zulueta cerraron el ciclo anual de una tradición de origen cristiano típica de varios pueblos y ciudades de la región centro-norte de Cuba y que ha merecido ser reconocida patrimonio inmaterial.
¿Cómo contar esta fiesta en tiempos de crisis?

Por Alejandro Langape, corresponsal de NOVA en Cuba

Feliz año nuevo. En cientos de idiomas se escucha repetida esta frase y los medios de comunicación no paran de contarnos cómo en distintos lugares del mundo ha sido recibido este 2023 que llega cargado de incertidumbres, anhelos, conflictos.

En un rincón de Cuba, al centro de la isla, la llegada de un año más se vive con connotaciones diferentes. Las Parrandas de Zulueta (el nombre proviene de un hacendado y comerciante de esclavos del siglo XIX, el vasco Julián Zulueta), un festejo popular con más de un siglo de tradición, cerraron el ciclo anual de una tradición de origen cristiano típica de varios pueblos y ciudades de la región centro-norte de Cuba y que ha merecido ser reconocida patrimonio inmaterial.

¿Cómo contar esta fiesta en tiempos de crisis? Pues no creo que resulte tarea sencilla, porque, teniendo música, carrozas coloridas y fuegos artificiales como en el carnaval carioca, la Parranda difiere en su otredad única, porque hace vibrar en las calles del pueblecito una rivalidad dicotómica que acaso entenderán a plenitud aquellos que han vivido en primera persona un River versus Boca en el Monumental de Núñez.

De un lado La Loma (pongamos que River en este duelo sin balones que echar fuera), el barrio al que representan el color rojo y el chivo, señas distintivas que encontrarás en abundancia, ya sea en posters, banderas, globos, camisetas. Su slogan es: el siempre victorioso barrio La Loma, Chivos y, como cualquier club de fútbol, suma otros sobrenombres como La Artillería Escarlata, que hace referencia a su despliegue de fuegos artificiales, o La Maquinaria Roja. Su rival es el Barrio Guanijibes (Boca), nombre con reminiscencias de las culturas prehispánicas y que hace suyos, como distintivos que también pululan por las calles, el azul y como animal el sapo, al tiempo que su lema es: El mil veces glorioso barrio Guanijibes, Sapos, y sus simpatizantes le llaman El Imperio Azul.

Tal y como ocurriera con los clásicos rivales del balompié bonaerense, las denominaciones de estos barrios responden a su ubicación geográfica original en la toponimia zulueteña, pero resulta común ver parejas en las que uno de los miembros viste el rojo lomero, incluso con su nombre estampado en la espalda de la remera, mientras su pareja va de azul o porta sobre su pecho la imagen de un sapo.

Es más, en la calle Real, la más importante del pueblecito y en cuyo decursar transcurre lo más interesante del festejo, encontramos unos balcones contrastantes en su colorido que recuerdan aquella portada de los noventa en la prensa deportiva española, donde balcón con balcón coincidían los apartamentos de un futbolista del Real Madrid y otro del Atlético.

¿En qué compiten exactamente los dos barrios? ¿Quién y cómo decide la victoria en esta especie de partido que inicia el 31 de diciembre y concluye en la madrugada del primer día del año nuevo? No hay respuesta para la segunda pregunta. Acá la victoria puede adjudicarse a cualquiera de los bandos enfrentados y, de hecho, sus simpatizantes se negarán a admitir la derrota, asegurando que su barrio lo ha hecho mejor, como siempre.

Entonces centrémonos en intentar explicar una fiesta durante la cual Zulueta, con sus casi diez mil habitantes, puede ver tranquilamente como esa cifra se duplica en sus calles con la llegada de los llamados “zulueteños ausentes”, personas nacidas allí y que ahora residen en otros lugares de la isla o allende los mares y de decenas de visitantes de lugares más o menos cercanos que no quieren perderse el jolgorio.

A modo de pelea de boxeo pactada, ambos barrios salen a la calle Real por turnos que cada año rotan, o sea, en esta ocasión tocó a La Loma ser el primero en recorrer la calle con sus estandartes, globos rojos, fuegos de artificio y, algo fundamental, una vibrante conga en la que el tambor africano y la corneta china imponen sonoridades como prueba de esa mezcla de culturas que conforma la identidad nacional. Temas tradicionales alternan con los hits del momento en el alegre “arrollar” de zulueteños y visitantes que bailan y gritan consignas a favor de su barrio rojo y que se repetirán a la inversa, cuando los azules pongan el jolgorio mientras avanzan calle arriba hacia el área enemiga.

El cielo se llena de fuegos artificiales, acá conocidos como voladores, hechos con ligeros güines (parte de la inflorescencia de la caña de azúcar) a los que se ata un pequeño envoltorio que contiene la pólvora.

Los güines cargados se distribuyen en tableros de madera y malla metálica cubiertos previamente con papel y, a la orden del responsable de artillería del barrio, se prenden los papeles y un montón de voladores se elevan a la vez, llenando el cielo zulueteño de luces de colores, humo. El retumbar de las explosiones podría evocar en el visitante el estruendo de la metralla en pleno bombardeo y el olor a pólvora invade todo confirmando la sensación de estar en medio de una especie de guerra.

Hasta tres veces, con horarios claramente fijados y un despliegue policial, de ambulancias y bomberos absolutamente inusual en este tranquilo pueblecito, se repite el trepidar de los fuegos de artificio contemplados con júbilo y exclamaciones de apoyo por los parciales de ambos bandos. Hombres y mujeres vestidos con viejas camisas de mangas largas se apresuran a transportar la pirotecnia desde los camiones contenedores hasta los tableros y en la calle Real se disparan los morteros desde los que brotan luces multicolores.

Pero, amén de la música y el despliegue pirotécnico, tal vez el componente de estas fiestas que más llama la atención son las carrozas y no, no tienen estas nada que ver con las de carnavales, le advierto. Las carrozas zulueteñas se caracterizan por el despliegue vertical, los juegos de luces y, especialmente, por recrear leyendas, historias de diversas culturas y países.

Aunque usualmente las propuestas conceptuales de ambos barrios suelen diferir, en esta ocasión ambos apostaron (tal vez influidos por el cine de Bollywood cada vez con más presencia en los canales de televisión locales) por la milenaria cultura hindú y así La Loma contó los amores de Bajirao y Mastani, mientras Guanijibes recreaba otra historia de pasiones, en este caso la del emperador musulmán Shah Jahan y su esposa favorita Mumtaz Mahal, en cuyo honor se construyera el Taj Mahal.

Construidas a partir de madera, cartón, yeso, cientos de bombillas, papeles de colores, poliespuma, recortes y pinturas y, por supuesto, hombres, mujeres y niños que visten trajes de fantasía, las historias que evocan son narradas por locutores de emisoras radiales a través de megáfonos situados en la principal encrucijada de calles que marca el teórico límite entre las áreas de ambos barrios: las Cuatro Esquinas.

Ambos trabajos llaman la atención porque sus diseñadores y ejecutores no son egresados de escuelas de arte ni muchísimo menos, su talento es puramente empírico y el resultado es fruto de un arduo trabajo colectivo al que hacen referencia souvenires como el que aquí mostramos en los que se cuenta la historia recreada y en su última página se cita tanto a la directiva de los barrios como a un montón de colaboradores.

Bailes hindúes sobre las carrozas, fuentes de las que brota agua solo al llegar la carroza a las Cuatro Esquinas, complementada con la más vistosa propuesta de fuegos de artificio, el desfile en la madrugada de ambos trabajos marca el punto álgido de unas fiestas que tienen otros matices que nos recuerdan la difícil coyuntura que vivimos los cubanos.

Y es que amén de la competencia entre barrios, la gente que recorre las calles, ya sea luciendo los colores de su barrio, la ropa cuasi militar de los artilleros o sus mejores galas, consume todo tipo de productos como en cualquier festejo con toques de feria. Y es que en el parque del pueblo se instalan diversos artilugios como un parque inflable, rueda de la fortuna, pequeños autos y bicicletas para los pequeños.

También pululan los vendedores de diversos juguetes, hacedores de tatuajes no permanentes y vendedores de comestibles y bebidas que van de las exóticas manzanas a las palomitas de maíz (rositas en Cuba), pasando por cervezas y refrescos enlatados, golosinas varias, paletas de helado, etcétera. A tono con una inflación que sigue siendo incontrolable, los precios de esta variada mercadería, ubicada en el espacio de unas pocas calles, se erigen en auténticos atracos a los bolsillos. Sirva como botón de muestra los de una manzana (entre los más baratos que se puedan encontrar) que superan el jornal diario que percibe el trabajador medio en Cuba.

Eso sí, alguno de estos puestecitos improvisados ya ha entrado en la modernidad y sus dueños admiten el pago por transferencia, ya sea en moneda nacional o en USD, eso sí, ajustando el precio de la divisa verde según el cambio en el mercado negro. ¿Cómo es posible que en esta noche de fiesta y algazara un padre pueda agasajar a sus hijos? ¿Cómo enfrentar la durísima cuesta de enero?

Con la ilusión de que el 2023 traiga un respiro a esta vida cada vez más dura, disfrutando de una propuesta artística que brota de la tradición popular, Zulueta celebró sus Parrandas, una fiesta que sobrevive a los embates de la pandemia, la crisis, la desesperanza, al peso de la isla del que hablaba Virgilio Piñera y que busca que por un par de días acá también nos volvamos a ilusionar creyendo posible ese otro verso lezamiano: nacer aquí es una fiesta innombrable.

Tal vez usted quiera comprobar si, como pompas de jabón redivivas, esas ilusiones regresan el próximo 31 de diciembre. Si es así, sepa que en Zulueta, como hace más de cien años, lo estarán esperando.

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