Por Gabriel Pereira, especial para NOVA
El Carnaval de Montevideo atraviesa una de sus crisis más profundas, aunque desde algunos sectores se insista en venderlo como un “éxito turístico”. La realidad que se vive en la calle es otra: el carnaval perdió su raíz popular, dejó de pertenecer al pueblo y hoy parece estar diseñado más para el extranjero que para el uruguayo.
El quiebre fue claro y simbólico: la eliminación de las reinas. Más allá de los debates de época, esa decisión marcó un antes y un después. No se trataba solo de una figura, sino de una tradición que representaba barrios, historias y pertenencia. Desde ahí en adelante, todo fue cuesta abajo.
La Intendencia de Montevideo, principal responsable de la organización, parece haber abandonado la apuesta real por la cultura popular uruguaya. La gestión del carnaval se volvió fría, burocrática y alejada de la gente que lo sostiene año a año: los componentes, las familias, los vecinos y los barrios.
La venta de entradas y sillas es otro ejemplo del desorden. No hay información clara, no se sabe con precisión cuándo salen a la venta y, cuando finalmente aparecen, en minutos ya no hay más. El resultado es indignante: familias enteras de los propios componentes quedan afuera, sin poder ver desfilar a sus hijos, parejas o amigos que pasan meses ensayando para esa noche.
Esto quedó brutalmente expuesto el último fin de semana durante el Desfile de Llamadas por Isla de Flores. Tribunas llenas de turistas y zonas enteras valladas, mientras los vecinos del barrio miraban desde lejos lo que históricamente les perteneció. Un carnaval sin pueblo no es carnaval.
A eso se suma una postal difícil de justificar: un desfile sin reina y con un carro inaugural que fue, directamente, una vergüenza. Lejos de emocionar o representar la esencia de la fiesta, pasó sin alma, sin mensaje y sin orgullo. Un símbolo perfecto del momento que vive el carnaval.
Hoy el carnaval parece pensado para la foto, para el marketing y para el visitante ocasional, pero desconectado de su gente. Se perdió la improvisación, la cercanía, el abrazo de barrio. Y cuando una fiesta popular deja de ser popular, lo que queda es solo un espectáculo vacío.
Montevideo necesita repensar su carnaval. Escuchar a quienes lo hacen posible y devolverle el lugar a la cultura uruguaya, antes de que sea demasiado tarde y la fiesta más grande del país termine siendo apenas un souvenir para extranjeros.








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